miércoles, 2 de febrero de 2011

VIVENCIAS HAITIANAS: GRACIELA Y EL ``MARÍA VICTORIA``

El ``Marìa Victoria``, de la década de los sesenta, era un vestido ceñido al cuerpo, enfatizado en la cintura. Estaba prohibido para las damitas de sociedad alta y media o cualquier clase que no se identificara con esa usanza, propia de las hembras de prostíbulos y bares, de la vida alegre.
La viejita moribunda, madre de Graciela, conocedora del cuerpazo de su hija, un pimpollo negro de diecisiete años, con una cintura que delataba un hermoso trasero, le pidió antes de morir, que le prometa no ponerse uno de esos vestidos cuando vaya al bar de ``Tindè``, mote con el que se conocía a Agustìn Nin, un blanco con pintas, regordete y callado, quien reflejaba siempre mundana sonrisa. En ese establecimiento los cañeros bailaban y bebían el producto de la zafra cañera. La morena ``se comprometió con la madre``.

Muere la vieja, la que es enterrada al ritmo de los tambores y las cornetas de bambú. Pero, no ha pasado bien el funeral, cuando la hermosa Graciela se presenta un jueves donde mi madre. Llevaba una tela colorida que mostraba con cierta reserva. Demostraba asimismo lo urgida que estaba de estrenar para el sábado próximo, ya que era día de pago y había fiesta donde Tindè. ¡Pero muchacha...!, exclama mi madre, ¿Y tù no eres la hija de la difunta Sisòn?, ``Si... pero mi madre no murió por mi felicidad``, se apresura en responder, y prosigue: ``mi madre donde està no quiere verme triste...``, enfatizó la haitianita en un peculiar castellano. ¡Ah bueno...!, se tranquiliza mi madre, y le pregunta: ¿ Cómo quieres el vestido?.

La apetitosa mujer enmudeció por diez segundos, buscando en los ojos de mi madre una orientación acomodaticia, aunque... no la encontró. Se le notaba el miedo a la decisión que quería tomar, pero es que además, su instinto y su corazón no veìan ni querían ver otra escogencia y... se atrevió: ``Un Mari Victorie...``.

Mis ojos no podían creer lo que vieron. Cuando Graciela pronunció esas palabras, se desplomó inconsciente. Al caer, se escuchó un ruido extraño en el piso de madera, similar a un mango verdoso que se precipita y se raja en la tierra seca. Me quedé impávido, y, a mi edad, maravillado al ver un cuerpo desnudo, por accidente, de una joven morena que sudaba, que se orinaba a chorro frente al lente de estos picaros ojos que la tierra se ha de comer. ¡``Corre papi...``!, grita mi madre, ``vete al batey, llama a algún familiar de esta haitiana, que no se me muera aquí...``. Corrí y llegue donde un anciano, quien ya venìa en camino. Era un tío de Graciela. No pasaron cinco minutos y ya la sala de la casa estaba llena de voluntarios, intentando levantar el bello ejemplar. Hasta que el viejo llega y exclama: ``Graciele..., Graciele..., regresa aquí, ya Sisòn me dijo en el camino que tù le desobedeciste...``. Le hablaba entre su aberrado francés y algo entendible castellano. El viejo le rezaba y ensalmaba todo el cuerpo. La negra sudaba copiosamente y el ambiente olía al Mar cuando està picado. En eso, la negra abre los ojos, para susto de los presentes, y se escucha una voz con quejido de miedo: ``Perdonam Mama Mue...``. Se incorpora y camina tambaleándose sostenida por sus parientes, mientras mi madre y la servidumbre limpian la casa. Mucha agua y detergente eliminan el olor a Mar picado, pero hay algo... ¡``Dios mio, pero a qué es que sigue oliendo...!``?, ``Es a vela encendida mamá...``, le respondo, ¡``Ay si...!``, acierta, ```Vete otra vez, busca algún pariente de esa mujer, ¡huye...!, que se lleve esa tela, ¡ rápido...!.

1 comentario: