sábado, 12 de febrero de 2011

TRUJILLO EN LA HISTORIA. SU MUERTE. SECUENCIA HISTÓRICA: (2 de 3)

Corría el mes de mayo de 1961. Su discurrir era normal para el hombre del campo que solo esperaba la redondez de la luna para iniciar la siembra. Las canciones jíbaras de Puerto Rico y Guajiras de Cuba les daban la bienvenida a las frescas mañanas de las campiñas de mi pueblo. Las disfrutaba, pues me impusieron como castigo acudir de noche a la escuela, ya que ``Macho``, el maestro de ``La Bombita``, me alcanzó a ver cuando enrollé mi cuaderno, el cual tenia a Trujillo en su portada, y le pegué un ``sopla moscas`` a un pobre haitiano que dormitaba en un pupitre. Después de la sanción impuesta, recibí entonces una aleccionadora pela en presencia del susodicho maestro al calificarlo de ``boca de burro`` por atreverse a contarle a mi padre lo sucedido. Admito la intolerancia y rebeldía que me caracterizaba en esa etapa inicial de mi vida. Y admito también, que las medidas correctivas de mis progenitores alinearon mi carácter. Algo que no ocurre hoy con las nuevas generaciones, cuyas malquerencias son celebradas por los padres.

La escuela tenia dos puertas en su frente, una para entrar y otra para salir. En la noche tuve que compartir con haitianos y dominicanos adultos que recibían lecciones de alfabetización. El maestro tarda en llegar, lo que me alegraba sobremanera, pero se presentó pàlido y con voz entrecortada: ``Váyanse tranquilos a sus casas que mataron a Trujillo...``. La prisa se hizo presente cuando la puerta de salida no abría, se condenó, quizás por el desespero y la muchedumbre que se aglomeró en la puerta de entrada, unos por salir y otros por entrar, como el caso de mi madre que fue a recogerme muy preocupada. Debido a mi edad, me dio lo mismo la noticia y me entretuve mirando los desesperados alumnos, hombres y mujeres, tratando de penetrar por tan angosta puerta como avena espesa por colador. Eran las ocho pasado el meridiano y las casas cerraron sus puertas. Pensé entonces que a la oración de esa noche le faltaría un pedazo, cuando después del ``Padre nuestro que estás en el cielo``, mi madre le pedía a Dios por la salud de ``Papà Trujillo``, mientras observábamos la escultura en bronce del ``benefactor`` adaptada en el centro de un elegante espejo redondo que adornaba la sala.

Comenzaron a sentirse los sollozos bajitos de los vecinos y de nuestra madre también, pues mi padre no había llegado y era impredecible lo que pudiere acontecer. Eran lloros sinceros de un pueblo que supo querer a su gobernante, ya que Trujillo tenia enemigos personales, no nacionales, éstos surgieron luego, cuando el burgo dominicano, que era la mayoría, comenzó a constituirse como clase pensante. Pero el ciudadano simple sabía que Trujillo fue el resultado de una sociedad anarquizada y convulsionada que se negaba a levantarse de sus cenizas. Debemos hacer una secuencia histórica, no tan corta, pero resumen en fin:

Despuès de nuestra independencia de los haitianos en 1844 y la restauración de la misma en 1863, debido a la Anexión a España, nuestro paìs se quedò patinando como naciòn que pretendìa la institucionalidad, pues sin ánimo a juzgar la actuaciòn del general Pedro Santana Familia, de anexarnos a España, despuès de ser el machete ejecutor que les sirviò a los trinitarios para librarnos de los haitianos, como gobernante, en cambio, no rindiò los frutos del soldado de ``Hincha``. Serà la historia quien tendrà que absolverlo en su justa dimensiòn, pues hay que reconocerle que su intenciòn en el fondo no fue mala, si tomamos en cuenta que Haitì, antigua colonia francesa, contaba con este protectorado y, por ende, había mejorado notablemente su logística militar, y la cansada espada de Santana y la de los dominicanos que celosamente le acompañaron en el libramiento de sus batallas, se estaban quedando rezagadas frente al poder francès. Pero, el resultado, insistimos, es que, el Santana gobernante, terminò deprimiéndose hasta morir, retirado en ``El Prado``, su hacienda, dejando el paìs en manos de los nuevos adalides que terminaron por darnos nuestra segunda independencia. Pero tambièn los aprestos del general Buenaventura Bàez y Mèndez, por anexarnos a los Estados Unidos, utilizando para tal propòsito a Matìas Ramòn Mella y Castillo, en una misiòn de índole diplomática que por suerte fue desestimada, por el momento, de parte de esa poderosa naciòn. Asimismo, màs adelante, no se detuvieron las intenciones de Ulises Hereaux, de arrendar la bahía de Samanà, todavía hoy, fruta apetecible para los gringos.

Muerto Pedro Santana, las luchas encarnizadas de los rojos y los azules, Buenaventura Bàez y Gregorio Luperòn, crearon liderazgos con personeros sedientos de sangre y de poder. La eficiente carrera del general Luperòn, considerado la primera espada de la restauración de la república, no le garantizaron una buena aptitud para el ejercicio del poder, permitiendo que su brazo derecho y principal lugarteniente, general Ulises Hereaux Lebert, se alzara con el mismo, despuès de una tremenda labor como ministro de guerra y marina y principal ejecutor del decreto de ``San Fernando``, emitido por el presidente de turno, Monseñor Fernando Arturo de Meriño. Si bien es cierto que Hereaux pacificò la repùblica, a sangre y fuego, no menos cierto es que no pudo encaminar el paìs hacia un proceso de independencia econòmica y valor de la moneda, pues el ferrocarril del cibao, obra estupenda de su gobierno, bien intencionada quizàs, sirviò de mercado y negocio a los que tenían poder político.

A la muerte de Hereaux el 26 de julio de 1899 de manos de Ramòn Càceres Vàsquez, Horacio Vàsquez Lajara y Jacobito De Lara, en la postrimerìa de la segunda repùblica, le sucede un estado de barbarie que agudizó la situaciòn econòmica de una moneda inexistente, que tenia solo como aval los impuestos producidos por las aduanas. Al mismo tiempo, y en virtud de la Convención Norteamericana de 1905 y luego ratificada en 1907, las recaudaciones de aduanas estaban comprometidas con esa naciòn debido a los empréstitos contraídos por las malas administraciones. Vinieron entonces las luchas intestinas en los campos del cibao y la lìnea noroeste, asì como en el sur, que hombres reconocidos por su valor luchaban como fieras por el poder polìtico, cuando los liderazgos se definieron entonces entre Horacio Vàsquez, lìder de los ``Coludos`` y Juan Isidro Jimènez Pereyra, de los ``Bolos``.

Las constantes sucesiones en el poder de esos lìderes con sus respectivos golpes de Estado al estilo de la època, no permitieron que, despuès del ùltimo gobierno de Jimènez en 1915, quien renunciò debido a las presiones de los Estados Unidos, el 7 de mayo de 1916, un eminente ciudadano como el doctor Francisco Henrìquez y Carvajal, pudiera detener la implacable intervenciòn de esos extranjeros. Con una proclama lanzada desde el acorazado ``Olimpia``, anclado frente a la ciudad de Santo Domingo, el capitàn de navìo H.S. Knapp, declara a la Repùblica Dominicana en estado de ocupaciòn militar, consolidándose asì la època màs nefasta de nuestra historia.

Los que sucedieron a Ulises Hereaux y antecedieron al intelectual Carvajal, fueron: Wenceslao Figuereo, alias ``Manolao``, quien por su condiciòn de vicepresidente de la repùblica le correspondía sustituir al finado hombre. Es seguido por los gobiernos de Juan Isidro Jimènez, Presidente y Horacio Vàsquez, Vicepresidente, 1900. Horacio, quien tumba a Jimènez en 1902, ayudado por los remanentes lilisìstas, a quienes el pueblo llamaba ``los huérfanos `` por la muerte de su lìder, coyuntural y paradògicamente ayudaron a uno de los matadores de Hereaux (Lilìs) a tomar el poder. Pero, esos mismos huèrfanos, depusieron a Horacio un 23 de marzo de 1903, cuando prisioneros de la fortaleza ozama, muchos de los cuales eran colaboradores del asesinado dictador y otros simpatizantes de Juan Isidro Jimènez, se amotinaron y escaparon del recinto carcelario. Mediante un intrépido golpe de Estado que contò con la complicidad de oficiales del recinto, los prisioneros se apoderaron de la fortaleza e iniciaron una insurrección armada contra el gobierno de Horacio Vàsquez. Reseña la prensa de la època. Entre los prisioneros se encontraba el general Remigio Zayas (Cabo Millo), Perico Pepìn y Leopoldo Espaillat, alias ``Polìn``. El general Remigio Zayas, iniciò el golpe haciendo prisionero al comandante del recinto Manuel de Js. Castillo, alias ``Lico``. Tropas azuanas avanzaron contra la capital para consolidar el golpe.

Alejandro Woss y Gil y Eugenio Deschamps, este ùltimo erudito y orador de primer orden, fueron elegidos presidente y vicepresidente de la repùblica, respectivamente. Pero, el 24 de octubre, estallò una revoluciòn acaudillada por el antiguo presbítero Carlos Morales Languasco, convertido en general jimenista o ``bolo``, quien fue secundado por los generales Desiderio Arias y Andrès Navarro. Morales se habìa fugado de la càrcel de Puerto Plata, vestido de marino y se embarcò a las islas turcas, retornando cuando Horacio Vàsquez fue derrotado en virtud de la crisis econòmica y polìtica, instaurándose el gobierno de Woss y Gil. Los dos partidos, ``bolos`` y ``coludos``, se unen en derrocar a èste, acusado de promover las ideas lilisìstas, temièndose una dictadura como la de Hereaux. El pretexto de Morales Languasco para lanzarse a la lucha, fue el incumplimiento de Woos y Gil a las promesas de que gobernaría con Jimènez, a quien nombrò Agente Financiero en Europa.. Los unionistas ``Bolos`` y ``Coludos`` iniciaron su revoluciòn en Puerto Plata, pudiendo vencer la resistencia del gobierno en los combates que se trabaron durante todo el mes de noviembre. Unos cuatro mil jimenìstas y horacistas sitiaron la ciudad, mientras tropas extranjeras de varias naciones se encontraban en nuestro suelo ``protegiendo sus embajadas y legaciones``. Buques norteamericanos, alemanes y holandeses desembarcaron tropas para proteger sus intereses...

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