jueves, 13 de diciembre de 2012

A MI MAESTRA, JOSEFITA MATOS NIN: A su memoria...

Corrìa la dècada de los años sesenta. Nuestra madre, por su condiciòn de cristiana, le simpatizò inscribirnos en el Colegio Evangèlico Barney N. Morgan, centro preferido por las mejores familias barahoneras de entonces. Recuerdo el ensañamiento del que fui vìctima de parte de un antìguo director de ese centro, que no perdonò que el suscrito, reaccionando conforme a su edad, se enfrentara a un hijo de ``papi y mami``, luego que èste, graciosamente y de manera intencional, me golpeara con una pelota de baloncesto. Es lògico observar, que este tipo de personajes, los hijos de ``papi y mami``, siempre ha existido. Como consecuencia de una sanciòn impuesta por la Secretarìa de Educaciòn de entonces, recomendada por el susodicho director, anduve casi todas las academias de enseñanzas de mi pueblo, con excepciòn del Colegio Divina Pastora, porque estaba destinado para damas. La sanciòn impuesta por dicha instituciòn, por ser ``un joven rebelde``, pudo haber forjado en mi un caràcter similar. En realidad, admito, nunca fui buen estudiante. Pero la disciplina impuesta en la casa la asimilè desde muy temprana edad. Los golpes y obstàculos encontrados en el camino, me han enseñado que en la vida, muchas veces dos màs dos no son cuatro. Tampoco todo es candela en este infierno llamado tierra. Los hombres no se frustran si no quieren. El hombre se moldea, unas veces para mal y otras para bien. Dijo Schiller, que el hombre se hace grande o pequeño segùn su voluntad.

Por mi actitud rebelde, aùn pueril, desde ese mismo colegio me transfirieron a una escuelita de recuperaciòn que dirigìa la maestra JOSEFITA MATOS NIN, una rìgida mujer pariente de mi madre. Ella usaba de ``madrina`` una rama seca de ``palo de chivo``, la que nos aplomaba de improviso ante la màs mìnima travesura. La escuelita està ubicada en la parte màs alta de la ciudad, donde termina la calle Jaime Mota, y los ranchitos se contaban con los dedos de una mano. Era una desvencijada casita de tablas de palma con techo de zinc viejo y tostado por el sol. Tenìa poco màs de una docena de pupitres, para dos o tres estudiantes, cada uno, segùn la necesidad.

En su parte norte tenìa un cuartucho donde dormìa ``Macoris``, un anciano de ascendencia haitiana, que, aunque centenario, serenaba  y afirmaba haber sido del sèquito lilisiano; caminaba con mucho orgullo haciendo ruidos con sus medias botas, a las que colocaba tachuelas, y se ponìa un sombrero de henequén con alas anchas, de los denominados ``pava``. Este individuo, quien no contaba con familia, era asiduo visitante de la iglesia catòlica, y, en su afàn de estatus no queria torcerse debido a su edad; inclinando demasiado su cabeza y torso hacia atràs, lo que le obligaba a doblar sus rodillas al caminar: ``Yo no me tuerzo no...``, aducìa.

El cambio radical de un colegio de clase media a esta humilde escuelita no me supo a nada. Me sentìa ser, como en realidad soy ahora, de silla y aparejo. Recuerdo su campana debajo de una mata de tamarindos, la que luego fue cambiada por un tubo de hierro macizo al que golpèabamos con furia para avisar el recreo o terminaba la clase. Era un lugar para pobres, donde el olor a ``marifinga`` hecha flatulencias envenenaban literalmente el ambiente. Las necesidades màs perentorios tenìan que realizarse en el montecito que circundaba el local. ``Marifinga``, era la denominaciòn del alimento que los gringos donaron en la revoluciòn de abril de 1965 y que los dominicanos sin orgullo fueron capaces de aceptar. Ellos, los gringos, acostumbran a ``ayudar`` con la correa en las manos.

Pasaron veinticinco años cuando me invadiò la nostalgia. Fue al entrar a mi pueblo. Decidì dejar la montura y caminar a pies por ``Los Blanquizales``, donde encontrè un callejòn con montes a los lados y las huellas aùn sin borrar de una niñez soñadora, que corrìa por allì junto con las espinas y las hojas carnìvoras, sin sentir las dobleces de las piedras de puntas que calientes por el sol maltrataban mis plantas descalzas. El camino parecìa interminable, cuando quizàs por lo urgido espantaba los cerdos cimarrones que buscaban la fruta de anòn y el mango verde desperdiciado. Parecìa un tùnel en laberinto, cuando despuès de la ansiada y ùltima curva avistè un panorama diferente, aunque con una estampa reconocida. Allì estaba aquella anciana, como mi madre, recostada de uno de los rincones de su nueva escuela; el gobierno habìa tomado en cuenta aquel lejano lugar, donde el recuerdo nos enseña que la vida transcurre y nada màs...

Estaba sentada en una silla de guano, recostada, con su vara de ``palo de chivo`` en la mano derecha, mientras el bullicio de los niños pobres, uniformados de crema, entonaban con el olor a pizarra, a làpiz, a los cuadernos llenos y estrujados, al piso bien desinfectado por el pinar  y eucalipto del prado, cuando el batazo a la pelota me retornaba a aquel recreo maravilloso. Al identificarme, sus ojos se nublaron y nuestros cuerpos se unieron en un abrazo que parecìa de madre e hijo. Ella, con su pelo totalmente nevado, detuvo por un instante el recreo, no siendo tan necesario, pues ya curiosos, los escolares nos tenìan rodeados con ojos inquisidores: ``Mis hijos, este es un ``licenciado`` que estudiò aquì, en esta escuelita, igual que ustedes...``, mientras su emociòn y la nuestra no tuvieron lìmites...

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