En la casa de una de mis hijas, atormentado por el sol Esteño que se cuela por una de las ventanas corredizas, no puedo sustraerme; me siento bien, y me enseña los hermosos condominios y balcones gentiles; hacen de la vida el correr, el acurrucarse; en la sala, cuadros, que, aunque en blanco y negro, enseñan las luces exóticas y trenes de las grandes ciudades; los sueños, la sobriedad de la pintura que ocultan la opulencia; mas, el vacío del río que canta acariciando sus manglares en su serpentear; la romería, el merengue típico con olor a cueros de tambora con su amarre, y los pasos entre el húmedo caminar al rancho inmerso en prosas, objetividad, olor a mujer descalza, naturaleza...
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