Sólo imaginar tu rostro abatido de dolores, tu cuerpo, he de suponer, la inmensidad de un gran ser que, inmortal, no me permite llorar junto al rocío de las flores.
¿Eres tú, Jesús? ¿Quién se atribuyó el privilegio de ver tu cara sonriendo y luego exhibirte en cruz?
Ni fotos ni daguerrotipo confirman al hombre deidad; más bien fue la bondad, misterio y majestad que en los olivos del monte lloró; fue esa obra de misterio, con asidero de un cielo que nos presenta a Dios...
¡Perdónanos, maestro!
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