El gran halcón no posa su vista en la comida del gato; así, el águila, señorial, no se apresta a cazar moscas...
(Tribal).
El gran halcón no posa su vista en la comida del gato; así, el águila, señorial, no se apresta a cazar moscas...
(Tribal).
¡Cuanto tarda en llegar
un amor sensato!;
¿Se lo tragó la tecnología
enloquecida?,
aquella que no existía
cuando los tiempos eran
gratos;
Besos impresos en piel
para no borrar un día,
que ayer,
las mieles no se perdían
recónditas en tu ser;
Y es que se envilece la espera,
cuando hoy,
los besos son de quimera,
traición;
sabor de engaño tienen
tus labios cuando me besas,
dice la canción,
en esa espera inaudita
que entre sus teclas malditas
nos marchita el corazón...
Que murió Mamá ´´Tingó´´;
se escucha sonora esa voz
en comarcas campesinas;
donde hermosas, las vecinas,
entre los chismes y cantos,
expresan su pena en llantos
cuando se asoma el dolor...
Espectro de misterio es la muerte,
no se sabe si es la suerte que
lleva espíritu alado,
un cuerpo que atormentado ya no
podrá padecer;
pinceladas, recorrer, percibido
entre los montes,
pinta azul el horizonte,
llegado el anochecer;
Polvaredas de caballos,
misterio entre los caminos
llenos de alegría, temor;
de allí se marcha el mayor
dejando bonita impronta,
una porfía que se ahonda,
torrentes de lágrimas, cariños,
que nos dicen, ahogados en vino,
que fuiste el mejor regalo...
¡HASTA SIEMPRE, JOHNNY VENTURA!.
Entre durmiendo y despierto en mi caminar perenne logro llegar al sitio, donde los pinares que dividían las callejuelas polvorientas se extinguían dejando huellas de tocones y tejidos secos. Diviso la casa reducida y empequeñecida por la inclemencia del tiempo; los jóvenes son como el caballo, cuyos ojos aumentan los objetos, incluyendo a su propio amo, como tarea de la naturaleza que evita su instinto salvaje; pues ahora veo reducidos peldaños que me conducen al hábitat añorado, de tablas desvencijadas y pintadas como siempre, sólo que opacadas por los años; el rugir del viento le daba voz al silencio con el crujir de maderas viejas, bisagras y aldabas corroídas, mientras por las ventanas que se abren quejumbrosas, gemidos y voces de amor con bambú y tamboras se escuchan desde el batey...
Madres sustitutas cuyo rol comenzaba desde el momento en que nuestros pies llegaban al peldaño del recinto escolar que nos dividía de la calle; cuando el olfato jamás se deshizo del olor a trementina y otros desinfectantes que, como el eucalipto, eran atraídos por la brisa del prado.
Mujeres adustas, pero de una media sonrisa disimulada y que sonrojaba la inocencia; voces enérgicas de corrección que bajaban las cabezas; manos suaves y endurecidas a la vez, cuando eran incidencias de lápices y tizas, que nos acariciaban el pelo calmando la timidez y la tristeza conjugadas en la verdadera enseñanza.
Loor a mis maestras de Barahona; mencionarlas es pecar si omito algún nombre prodigioso de esos recuerdos; de esos tiempos que hacen contraste con las adversidades presentes.