Gracias a la primavera,
no importa el calor;
me enseña una nueva flor,
blanca orquídea perfumada
que tocada por el sol
en mi sinuosa carrera,
ya sana mi corazón...
Gracias a la primavera,
no importa el calor;
me enseña una nueva flor,
blanca orquídea perfumada
que tocada por el sol
en mi sinuosa carrera,
ya sana mi corazón...
¡Cuanta falta me hace!, ahora en estos tiempos de angustias, tristezas irreverentes entre lluvias de pestilencias mustias; Dios todopoderoso, tu perdón y misericordia es la vacuna más eficaz con que contamos; ¡gracias!, mas, cuanto imploro el consuelo de mamá, su mano sedosa sobre esta cabeza aviesa y triste, hoy, entre el recuerdo de arrullos y caricias francas; añoro, el abrazar a mi padre, sentir el latido en su torso, el olor al trabajo, su autoridad silenciosa, prístina como el corzo; aún se siente el almidonar y la plancha de carbón caliente en su ropa caporal.
Como fortín de autoridad eran mis padres; lo que quisiera emular, hijos, nietos abrazar, acariciar, y este tormento aliviar...
Era mayo que llovía,
reverdecer de los retoños
que aquel día,
emergieron como flores
deteniendo el seco otoño;
Primavera en repetidas
adornada en buen lugar,
pues Dios te ha dado una vida
que otras vidas ha de salvar,
con tu gracia,
mi ángel buena,
de sonrisa sinigual;
Al lado de tus hermanos
elevo preces al cielo,
te retrato así en mis sueños
cubiertos en fortaleza;
flor brillante cuyos pétalos
jamás han de marchitar,
vivirán, genial guerrera,
tu hermosura y entereza...
¡Te amo, hija!.
¡Hermana!, tu natalicio me remonta a tiempos de nostalgias; de los cuatro hermanos, eras la más circunspecta e introvertida, cuando tus reservas guardabas en esos caminos mutantes, maravillosos, donde apenas florecía la vida.
Recuerdo las mariposas y su variedad de colores, así como los amores literales, pueriles, que hacían pinceladas en ojos aviesos de inocentes niños que tropezaban con el verdor y el vuelo de las aves en cantares.
Y discurren los años, en la escuela y sus huertos, su bandera, así, maestras que muy señeras fruncían ceños de confianza; eran tiempos de esperanzas, ansias y sueños, ¡oh, hermana postrera!.
¡Estamos aquí!, donde Dios parece señalarnos cumplidos, entre cariño, latidos, tristeza y felicidad; nos dice que hoy debemos celebrar la parte buena que aún nos queda; no corramos sobre ruedas, apresurados tras saudades inauditas, vivamos la vida rica, disfrutemos, gocemos como cuando papá y mamá, de ese dulce recordar...
¡Te amo, hermana!.
Es posible que no todos tengamos la condición de percibirlo; se siente en la brisa, en el silencio y hasta en el ruido impetuoso de la cotidianidad; nos envuelve el misterio, algo esotérico que permea los cielos en el mundo.
En cuanto a nosotros atañe, en este y en todos los casos de criminalidad, coger el rábano por las hojas sin hurgar en las raíces, es propio de la idiosincrasia dominicana.
Cae en los huérfanos de solemnidad la oportunidad del suicidio, pues aquí no se fabrica alcohol adulterado, se produce veneno, adrede, ex profeso, como eutanasia o muerte asistida ante el misterio de despropósito que hoy nos ocupa; existe una plataforma de criminalidad sostenida, incluso, por pobres que medianamente se lucran con la mercancía y con las víctimas que, desgraciadamente, en su gran mayoría, tienen conocimiento de causa de lo que se aprestan a consumir...